30 agosto, 2006

Japonés

Lo prejuzgué, como hago siempre. Lo hubiera definido como H2O: inodoro, incoloro, insípido. Pero Miguel te mira de verdad. Ese pibe no especula, como una sopa calentita cuando venís muerta de frío.
Qué estudiás le pregunté un día. Japonés. Cuando traté de entender por qué, dijo: "me gustaba una chica japonesa, me la quería levantar". Miguel es anormal, se le perdió el tamiz de Montaña Rusa, Friends y la Cosmopolitan.
Sin pagar peaje llegó a la estantería de amores, al ladito de las canciones de Marisa Monte.

Lesson number one

Para ser alguien en el mundoblog hay que tener a Liniers entre los favoritos. Es como las remeras de rayas blancas y rojas. Me encantan pero no me pondré ninguna este verano.

Así

A veces la tristeza nos viene así, en frasco de globulitos blancos.

29 agosto, 2006

Mer

La hice blogadicta a Mer. ¿Habrá clínicas de rehabilitación?

28 agosto, 2006

Lo juro

Estoy en la parada, lo veo venir. Uff, parece que está lleno. Me paro al lado de una chica que lee un apunte. Es un cuento de Rodolfo Walsh. Las dos chicas sentadas en el asiento de atrás comentan algo, se ríen. Pienso que se ríen de la chica que lee a Walsh, pero no entiendo por qué. Llamo a Lala para darle el parte, para dejarla tranquila. Sé que estará esperando mi llamada. Le cuento que Gaby está bien, la tranquilizo, le pregunto cómo está ella. Me quedo parada al lado de la chica que lee porque creo que se va a bajar en la facultad de Sociales, sede Ramos. Por suerte es así. Le ofrezco el asiento a un señor mayor, pero lo rechaza. Me siento, contenta. Pienso que estoy haciendo las cosas bien. Siguiendo el plan de no ser una hija de puta. Siguiendo el plan de no ceder a la tentación de compadecerme de mí misma, creyendo que soy una pobre desgraciada que carga una terrible cruz, y que estoy tratando de dejar de ser egoísta. El día es muy lindo, todo sol, todo luz. Una sensación de paz me recorre. Miro por la ventanilla. Almagro, bajando por Corrientes, cruzando Angel Gallardo. Las cuadras de cuando era chica. Paso por las esquinas que conozco de memoria. Me fijo a ver si cambió algo. La esquina de las monjas, la estación de servicio. Siempre igual, tiene una cosa medio deprimente. Es oscura, lúgubre, nunca me gustó. Es una tarde con sabor a tarde de Pringles. Como una sensación de culpa, de estar de más. De no tener derecho a ser. Pasa rápidoal ritmo de colectivo a las 2 de la tarde. Me pierdo en las ideas que van surgiendo, ya no tengo idea ni en qué estoy pensando. De pronto sube el guarda. Uh, no tengo idea dónde puse el boleto. Rebusco en todos los bolsillos, el buzo de plush turquesa, el chaleco negro. Hay una moneda de un peso en el chaleco. Qué raro, pienso. Tenía una moneda de 1 peso y ochenta centavos en el monedero. Me acuerdo bien que compré unos beldent de frutilla con un billete de dos pesos. Como no tenía monedas, saqué la billetera. El kioskero dijo en voz baja, pero lo escuché, ahora con qué me va a pagar. El billete era de dos. Miro en la cartera, menos revuelta que de costumbre. Encuentro el boleto del 112 que tomé para llegar a la clínica donde está Gaby, el del 126 que tomé anteayer, todos los boletos que no voy a juntar para la silla de ruedas. Me fijo en el monederito violeta que me regaló Lidia. Esos regalos que una eligió son los mejores, porque después los desenvolvés y hacés como que te sorprendés, pero la alegriá es genuina. No, en el monedero sólo están los ochenta centavos: una moneda de $0,50 y tres de $0,10. Sigo revolviendo. Me empiezo a poner nerviosa. Me doy cuenta que estoy hablando sola. Me callo. Encuentro más boletos, ninguno es el que busco. Debería decir línea 99. Nunca tomo ese colectivo, sólo puede haber un boleto con ese número. Nada. Se acerca el chancho. Es un pibe joven. Me mira, me dice buscalo tranquila. No sé, lo debo haber tirado, le digo. Me muevo espásticamente, revolviendo la cartera, sacando papelitos. Miro de nuevo donde ya busqué antes. Y nada. La calle Pasteur. Sé que me tengo que bajar, pero no atino a pararme, sigo buscando. El chancho me dice, será que no lo sacaste. Pfff, resoplo. Cómo no voy a sacar el boleto. Me ofusco, me ofendo, no soy una nena para andar colándome, le espeto. El tipo me mira con cierta sorna. Es joven, es agradable, parece simpático. Pero yo lo detesto rabiosamente. Se me debe haber caído, digo. No sacaste el boleto, me lo dijo el chofer. De ninguna manera, digo, cómo no voy a sacar el boleto, yo siempre saco el boleto. Me tengo que bajar. No sé dónde estoy. Cobrame de vuelta. Grito el "de vuelta". Porque yo sé que pagué. Saco la moneda de $1 del bolsillo del chaleco negro. Amago pararme pero el chancho extiende la mano, le doy la moneda y camina hacia la máquina. Me quedo sentada, las manos apoyadas sobre la cartera, la cartera sobre las rodillas. Miro por la ventanilla. Estoy furiosa. Cómo va a creer que me quise colar. Se me cayó el boleto. Eso fue lo que pasó. El tipo se me acerca de nuevo, me alcanza el boleto. Insisto, si el chofer me vio por qué no me avisó, ¿a ver? Lo apuro con la mirada. Me sonríe con una sonrisa llena de pena. Un volcán bulle dentro de mí. El tipo se aleja hacia el chofer. Me quedo sentada unos segundos. Miro, a ver dónde estoy. Riobamba. No sé si falta o si me pasé. Me bajo. La mirada de 15 personas me hace estacar en la vereda. Un nudo amenaza con adueñarse de mi garganta. Trato de concentrarme, para dónde tengo que ir. Para la derecha, seguro, me pasé, pero por suerte fueron unas pocas cuadras. Estoy parada en una de esas plataformas giratorias que usan en las películas para que la pareja se bese y baile en círculos, hago el esfuerzo de andar derecha. No entiendo nada de lo que pasó. No lo puedo creer, pero hay evidencias. La moneda en el bolsillo, no pude encontrar el boleto y no puedo recordar el momento de colocar la moneda en la ranura y recibir el boleto. Yo sé que si quiero reviso los eventos pasados como en fotogramas, como en negativos de rollo de fotos, cuadrito por cuadrito. Pero no siento el momento en que saqué el boleto. El tipo tenía razón. El colectivero tenía razón. Las chicas del asiento de atrás se reían con razón. Estoy humillada. Cómo puedo haberme olvidado de sacar el boleto. Estoy angustiada. Cómo puede ser que no me acuerde nada. Estoy preocupada. Cómo puede ser que haya reaccionado de esa manera.
Sigo caminando. El nudo ya está instalado, no hay forma de sacarlo. Algunas lágrimas hacen cola para salir, las atajo como puedo. Llego a la obra social. El trámite es increíblemente sencillo. Tanto, que en realidad no hacía falta ir a sellar nada. Hago lenta la caminata hasta la parada. Ni loca me vuelvo a tomar un 99. Saco el monederito violeta. Ahí están los $0.80. Los tengo en la mano. Me tengo que concentrar, hago planes para sacer el boleto con más esfuerzo que si planeara subir el Aconcagua. También pienso que fue muy fácil el trámite. Pienso que tal vez debería volver, para confirmar. Pero no, un momento de ezquizofrenia por día es más que suficiente. Trato de reírme, pero no me sale creer que estoy exagerando, que no pasa nada. Es una laguna, a cualquiera le pasa. Pero me desconcierta mi reacción. Me sentí humillada, casi como si me hubiera hecho pis encima delante de todos los compañeritos del jardín y la maestra me hubiera hecho parar en un banquito para que todos vean lo que hice.

14 agosto, 2006

Volver

La última de Almodóvar resultó un fiasco. Está bien, nadie dice que no. Pero es más de lo mismo. Creo que ya habíamos visto alguna historia de mujeres que se cubren entre sí. También conocimos la ácida crítica a la televisión come humanos. Tuvimos la suerte de conocer muertos que resucitan, aunque luego no sean muertos. También rodamos ida y vuelta por la carretera, entre el pasado y el presente.
Pero siempre hay un detalle brillante. Almodóvar se burla de las tetas plásticas de Penélope Cruz, que actúa pésimo pero deja que nos riamos de ella y ríe con nosotros.
Volver es un collage de todas las películas anteriores a Todo sobre mi madre. El título lo dice todo. Y bueno, los genios también a veces se estancan y se repiten a sí mismos. Consuelo para los simples mortales.

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